Edgar Miguel Molina

Fecha de nacimiento: 13 de febrero
Lugar de nacimiento: Sogamoso, Boyacá, Colombia.
Ocupación: Escritor.
Profesión: Licenciado en Educación.
Nacionalidad: Colombiano.
Lengua literaria: Escribe en español y en inglés.
Lengua materna: Español.
Género: Novela, metodologías de la enseñanza y pedagogía en general.
Cónyuge = Zulma Ibeth Rojas
Hijas = Shadia y Tiffannie
Mi Biografía (o el intento de explicar este sancocho que soy yo)
A ver, ¿cómo les explico quién soy sin que suene a hoja de vida de LinkedIn o a perfil de Tinder? Digamos que, si mi vida fuera una película, el género sería “comedia de aventuras con un toque de realismo mágico boyacense”.
Mi nombre es Edgar Miguel Molina. Nací en Sogamoso un 13 de febrero, lo que significa que soy un Acuario terco bajo la influencia ascendente de la arepa de maíz pelao con guarapo. Soy la prueba viviente de que para sobrevivir en este planeta solo se necesitan dos cosas: un buen café por la mañana y la capacidad de reírse de uno mismo.
A los 15, la capital me hizo ojitos y yo, más ilusionado que niño con juguete nuevo, me le medí a la selva de cemento bogotana. Llegué con un morral cargado de sueños y los bolsillos más vacíos que promesa de político. ¿Mi plan? Improvisar. Y vaya que lo hice. Fui mensajero, vidriero, taxista (¡las historias que uno escucha en un taxi dan para una trilogía de ciencia ficción!), y hasta un políglota nivel «rebusque» que enseñaba inglés, guitarra y ajedrez. Cada oficio era como desbloquear un nuevo nivel en el videojuego de la supervivencia. En medio de ese torbellino de «camello», una epifanía me golpeó más duro que un trancón bogotano en horas pico, en plena Avenida Boyacá con calle 13: “Oye, ¿y si en vez de llevar gente, llevo ideas en una página? Es más barato y no hay trancones”. ¡BUM! El virus de la escritura me había inoculado.
Mi primer pinito literario fue en un periódico cristiano. Unas columnas por aquí, unos artículos por allá… y ¡zas! Quedé flechado. Pensé: «Oye, esto de escribir es más bacano que ganarle al jefe en ajedrez». De ahí, salté a escribir mi primer libro, Respuestas Divinas, que fue básicamente mi terapia personal hecha pública. Pero la cosa se estaba poniendo seria. Me dije: “Mijo, si va a hablar de enseñar, por lo menos tenga el cartón que lo respalde”. Y sí, a una edad en la que muchos compran una moto para la crisis de los cuarenta, a mí me dio por comprar cuadernos y meterme a la universidad. Salí de allí con un diploma de Licenciado en Educación, que es como el recibo oficial que demuestra que te aguantaste cinco años de trabajos en grupo.
La escritura es un vicio que trae otros vicios. Me volví un «lija-textos» profesional, un corrector de estilo para otros autores. Pero mi verdadero parque de diversiones mental, mi kriptonita, es la literatura infantil. La cabeza de un niño es un universo en expansión con más giros que una temporada de Netflix. De esa locura han salido más de 50 cuentos infantiles.
De ahí nacieron proyectos como los Cuentos de Agricultura Orgánica Sostenible (una saga de 50 libros para que los pelados sepan que los tomates no nacen en el supermercado) y los 7 cuentos para aprender ajedrez (mi intento de enseñar estrategia sin que parezca una clase de física cuántica). Luego, en un ataque de audacia pedagógica, creé la Metodología TPA, mi plan para que la siguiente generación no aprenda inglés solo con el “verbo to be” y “The book is on the table”. Y claro, escribí sobre Cívica, Urbanidad y Convivencia y Cátedra de la Paz, que son básicamente manuales para desactivar al energúmeno que todos llevamos dentro.
Y cuando mi cerebro no estaba habitado por hortalizas parlantes o peones revolucionarios, me daba por ponerme filosófico… o algo así. De esos ratos salieron novelas de ciencia ficción como El Retorno (mi escape al futuro distópico cuando el Transmilenio se retrasa) y libros de autoayuda como En busca del viejo sabio y El botiquín del alma, que son básicamente kits de primeros auxilios para cuando la vida te da un calvazo.
Mi vida es eso: un sancocho trifásico. Soy el esposo de Zulma y el papá de Shadia y Tiffannie (mis jefas supremas). He sido teólogo, conferencista y hasta “escritor fantasma”, (tranquilos, no es nada paranormal; es escribirle libros a gente que no tiene tiempo o ganas, sin que mi nombre aparezca) en otras palabras, es el arte de ser el Cyrano de Bergerac de la literatura: yo pongo las palabras, otro se lleva los aplausos. Y está perfecto, no sufro de ‘egolitis’.
Al final, ¿quién soy? Un soñador con los pies en la tierra (de Boyacá para el mundo) con la cabeza en la estratosfera. Un tipo que cree que la vida es demasiado corta para no intentar de todo. Soy la prueba viviente de que no hay que tener un apellido rimbombante para escribir tu propia historia. Solo necesitas cafeína, una buena dosis de terquedad y la firme convicción de que, aunque la vida te ponga en jaque, siempre, SIEMPRE, hay una jugada maestra esperando a ser descubierta.
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